domingo, diciembre 10, 2006
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Fin de otoño con lluvia y frío. Concvalezco de una fuerte infección de vías respiratorias, factura pagada de la fiesta personal del pasado fin de semana en Ciudad de México: música, caminatas, vino y amigos. Manderlay, de Lars von Trier, ese cineasta cínico cuyas películas quiero ver más de una vez en distintos tiempos para cambiar de lectura. Una clase de yoga fantástica y sutil. Charlas con amigos entrañables, charlas que no tengo aquí en Irapuato a excepción de la charla con Joselo. Y baile. Nada como una sala de departamento convertido en piso de baile, duela, ritmo, sonido puro, baile-trance, mi favorito.
Estos últimos días de aislamiento relativo inducen a que mi cabeza se convulsione en historietas de insatisfacción. Calmo la mente eaborando collages con los recuerdos del último viaje a Ciudad de México. Me percato que invierto mucho tiempo conectado ainternet, tiempo que no se en qué se convertirá. La energía no se pierde, sólo se transforma ¿Estará lastimándose en verdad mi vista como sospecho por estar mirando tan cerca a la pantalla? ¿O es simplemente un pretexto para no hacer ejercicios visuales que mantengan dicha salud?
Ya es mediodía de domingo. Me espera el baño, después iré a la demostración de yoga en la plaza comercial del pueblo. Luego viajaré a México y al volver, tomaré un taller de ashtanga yoga que me impondrá nuevos retos.
Este domingo no hay recorrido en bicicleta por las calles aledañas en busca de la belleza. No siento esa clase de tristeza.