sábado, octubre 14, 2006
Oaxaca

El escudo de la Ciudad de Oaxaca se exhibe en la fotografía. Se trata de la cabeza de una doncella decapitada, Donají. De su oreja derecha surge una flor de azucena.
La princesa fue traicionada. Contrajo matrimonio para formar una alianza entre dos señoríos zapotecas y dar así fin a la guerra. Pero en su noche de bodas fue decapitada. La guerra renació. Un campesino halló la cabeza incorrupta, tal y como la muestra la imagen, varios días después.
Imagen simbólica. Hoy en día la bella ciudad es una cabeza decapitada, incorruptible, y de su oreja derecha surge una azucena. Una cabeza decapitada no pertenece a un cuerpo vivo. El escudo de la ciudad es un símbolo de guerra. Una guerra de armas ocultas y sangre esporádica. Una guerra de necios.
Esta guerra urbana que se vive en Oaxaca es invisible. Créanme. En este siglo las manifestaciones de la guerra se han diversificado. Tómese como ejemplo la actual guerra contra el terrorismo. Acoto esto para que se entienda mejor. Toda guerra es necia pero la guerra de necios oaxaqueños, unos contra otros, exhibe un ejemplo de cómo un pueblo es capaz de pelear consigo mismo y atentar contra su futuro. En una economía basada en el conocimiento, la miserable educación que los niños oaxaqueños pudieran tener es basura, bolsita de plástico que se lleva el viento.
Una muestra más, y esto es tema aparte, de la regionalización que ocurre en México una vez que el PRI cede la presidencia a un imbécil.
El caso de Oaxaca podría ser un experimento natural como los descritos por Jared Diamond en sus libros. Como atisbo, léase el ensayo La Ciencia de la Historia, publicado por Revista Replicante, Ideas para un país en ruinas (www.revistareplicante.com). Oaxaca es un ejemplo de una sociedad exquisita en sus sentidos mas ciega a la visión del futuro. Un pueblo cegado ante tanto estímulo autoprodigado en la comida, la pintura, la artesanía popular, la arquitectura y la música. Los oaxaqueños tenemos el cerebro como nuestro queso, enredado, coagulado, mas de sabor exquisito. La guerra actual que se vive en Oaxaca, en la que se pone en riesgo la viabilidad del pueblo oaxaqueño en la economía global, es la mejor demostración de mi dicho. Espada de Damocles sobre la cabeza. Los ingresos a la economía, mayoritariamente dependiente del turismo y de la industria cultural, se han mermado hoy. Y para el futuro, tenemos alrededor de un millón setecientos mil niños que sólo valdrán por la mano de obra barata que puedan vender. Quizá el destino de la Ciudad de Oaxaca sea barbarie generalizada.
Mas a pesar de este desastroso panorama, como oaxaqueño creo en la esperanza de que el plan B funcione. El Plan B consiste en que la actual diáspora de oaxaqueños fructifique. Que la cultura se preserve y se manifieste hacia el mundo. Suena chocante comparar en este momento, pero véanse los resultados de la migración de los judíos. Siglos después de haber iniciado su paso errabundo, aún preservan su tradición e influyen en el mundo. Tienen voz y voto.
Hago un llamado a que todos los oaxaqueños de la diáspora nos unamos para encender una flama de esperanza.
El plan B es como esa azucena que surge de la oreja derecha de la cabeza decapitada de la princesa zapoteca Donají. Me gusta que el sescudo de la Ciudad de Oaxaca simbolize la esperanza de nuestro renacer.