domingo, marzo 05, 2006
Steve Reich
Esta mañana, al despedir a mi nuevo amante y verlo subir a su auto, lo percibí como un viajero que zarpa de ese puerto que es esta mi casa en el Bajío, en éste mi tiempo en el Bajío. Desde que llegué tengo la sensación de que mi estancia aquí es temporal, que recordaré y contaré a otros de cómo fueron mis días aquí. Justo ahora suena música de Steve Reich, minima e hipnótica y parece arrastrarme a un aberinto del pensamiento conectado a una frma de ver la vida de otra manera. Mi barco anclado en el Bajío, mis muebles y mis discos. Una casa enorme para una persona, y demasiado cara para los estándares de la región y también por la proporción de salario que se lleva el mantenerme aquí. En México, cuando pude hacerme económica y moralmente independiente, siempre elegí vivir cerca de plazas hermosas, como Sant Veracruz en el límite de la Colonia Guerrero y la Alameda Central, o la plaza Tolsá. Aquí no hay plazas de esa belleza. Lo reemplaza el jardín donde planté un naranjo para reemplazar a un ciprés enfermo. Tengo este jardín que me consuela. Se diferencía de los otros por el naranjo. Quizá no esté aquí cuando de frutos. Nunca había plantado un árbol en las casas donde antes viví.
Clapping music, de Steve Reich. Percibo el sonido de esos aplausos como un golpeteo intenso sobre mi cuerpo, un sonido que me hace despertar y abrirme a un estado consciente. Ya no deseo lo Permanente.
Pero hay un orden que han establecido los antepasados de los demás y mis contemporáneos lo cultivan. Es la guía social a la que me apego lo menos que puedo para obtener a cambio un trabajo remunerado. A veces, como ahora, descubro que me agota.
Parezco no tener salida. Me resigno. Mantra que me repito. Mantra que me salva. Cerraré los ojos a la angustia de sentirme habitando un navío varado en el Bajío donde nada nada más que el polvo pasa.
Clapping music, de Steve Reich. Percibo el sonido de esos aplausos como un golpeteo intenso sobre mi cuerpo, un sonido que me hace despertar y abrirme a un estado consciente. Ya no deseo lo Permanente.
Pero hay un orden que han establecido los antepasados de los demás y mis contemporáneos lo cultivan. Es la guía social a la que me apego lo menos que puedo para obtener a cambio un trabajo remunerado. A veces, como ahora, descubro que me agota.
Parezco no tener salida. Me resigno. Mantra que me repito. Mantra que me salva. Cerraré los ojos a la angustia de sentirme habitando un navío varado en el Bajío donde nada nada más que el polvo pasa.